Los Mochis, Sinaloa.- Juan tiene 12 años. Ya no sueña con ser futbolista. Ahora sueña con “un pase”.
El cristal ya entró a las secundarias de Sinaloa y está destruyendo a una generación completa por apenas 50 pesos el gramo; lo mismo que cuesta una soda y unas papitas.
Mientras las autoridades hablan de estrategia, en las colonias populares los niños ya aprendieron qué es una “tiendita”, cómo se fuma el cristal y dónde conseguirlo.
La cifra es brutal: el consumo de cristal en menores de entre 12 y 17 años aumentó 40% en el último año, según Centros de Integración Juvenil.
Hoy, 4 de cada 10 pacientes que llegan a CIJ Sinaloa son menores de edad y el 92% consume cristal como droga principal.
Lo más alarmante es la edad de inicio: hace cinco años los adolescentes comenzaban a consumir a los 15 años. Hoy empiezan a los 12.
“Mi carnal tiene 13 años y roba para drogarse”, cuenta Sergio, joven de la colonia Nuevo Siglo en Los Mochis.
“Se llevó la pantalla y hasta el tanque de gas de mi amá”.
En Sinaloa hay solo tres centros públicos de rehabilitación y ninguno especializado en menores. Las listas de espera alcanzan hasta seis meses.
Mientras tanto, el narcomenudeo ya rodea las escuelas. Una encuesta de SEPyC revela que el 65% de las secundarias en Culiacán, Ahome y Guamúchil reportan venta de droga a menos de 200 metros del plantel.
“Es más fácil conseguir cristal que paracetamol”, denuncia Mary, madre de un adolescente adicto en Los Mochis.
“En el Seguro no hay medicamentos, pero en la esquina nunca falta droga”.
El cristal no solo destruye cuerpos. También mata futuros.
El 78% de los menores con adicciones abandona la escuela antes de los 15 años. Familias enteras terminan endeudadas pagando anexos privados de hasta 15 mil pesos mensuales porque el Estado simplemente no tiene dónde atenderlos.
En muchas colonias todos saben quién vende droga. Pero nadie denuncia. El miedo manda.
Sinaloa no solo está perdiendo jóvenes por la violencia. También los está perdiendo lentamente, en silencio, por una droga barata que ya llegó a los patios escolares.
Y mientras nadie haga nada, seguirá habiendo niños que cambien un balón de fútbol por una pipa.



