La convocatoria nacional anunciada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, para rendir un informe el próximo 31 de mayo y transmitirlo simultáneamente en las plazas públicas de las 32 entidades del país, se ha convertido en algo más que un evento gubernamental: para muchos operadores políticos de Morena representa una prueba urgente de fuerza y control político.
El contexto no es menor. Morena y el gobierno federal enfrentan una creciente crisis de credibilidad tras los señalamientos realizados desde Estados Unidos sobre presuntos vínculos del narcotráfico con actores políticos mexicanos. A ello se suma la confrontación política generada por las acusaciones contra la gobernadora de Maru Campos, señalada desde el oficialismo por presuntamente recibir apoyo de agentes de la CIA para combatir al narcotráfico en Chihuahua.
Ante ese escenario, el objetivo del evento parece claro: proyectar una imagen de respaldo popular, unidad y fortaleza política alrededor de Morena y de la presidenta Sheinbaum.
Sin embargo, detrás de la narrativa oficial, operadores territoriales reconocen que cada vez resulta más complicado —y más costoso— movilizar ciudadanos a actos masivos del partido en el poder.
En colonias populares y comunidades rurales, servidores y promotores ligados a Morena recorren las calles intentando llenar camiones rumbo al mitin del 31 de mayo. Pero ya no basta el discurso político ni la convocatoria institucional.
Ahora, la oferta incluye desayuno, despensas y “sobres” con apoyo económico para quienes acepten acudir al evento.
En redes sociales, incluso, ciudadanos y operadores han comenzado a exhibir abiertamente los incentivos ofrecidos para asistir a la concentración, dejando en evidencia el desgaste de la maquinaria de movilización que durante años presumió convocatorias “espontáneas” y “del pueblo”.
La operación política enfrenta un problema de fondo: la narrativa de respaldo popular comienza a chocar con el cansancio social, el desencanto económico y la percepción de que los eventos masivos oficiales requieren cada vez más recursos, estructura y dádivas para aparentar músculo político.
Lo que Morena busca vender como demostración de fuerza podría terminar exhibiendo exactamente lo contrario: que la popularidad ya no llena plazas por sí sola.



