Madres buscadoras: las que escarban la tierra que el gobierno no quiere pisar

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En México hay un grupo de mujeres que hace el trabajo que el Estado no hace, con las herramientas que el Estado no les da y con el dolor que el Estado prefiere no ver.

Son las madres buscadoras. No tienen presupuesto, no tienen escoltas, no tienen laboratorios. Tienen una pala, una varilla y una foto de su hijo en el pecho. Y con eso han encontrado lo que fiscalías enteras no han podido —o no han querido— encontrar en años.

Llevan meses, años, tocando la puerta del gobierno. No piden lujos, piden ser escuchadas. Pero se han topado con pared. Una pared muy gruesa, muy burocrática, muy pintada de discursos de “estamos trabajando” y “es nuestra prioridad”.

La ironía es brutal y duele: el gobierno dice que busca a los desaparecidos, y sí, escarba. Escarba en todos lados, menos donde debe.

Escarba en los datos maquillados, escarba en las cifras a la baja, escarba en los comunicados que dicen que todo va mejor, escarba en los abrazos y no balazos que ya nadie entiende. Pero no escarba donde están las fosas.

Para eso están ellas.

Ellas son las que entran al monte, al desierto, al baldío donde nadie quiere entrar. Ellas son las peritas, las forenses, las investigadoras, las que hacen el trabajo sucio que a los funcionarios les da asco pisar con sus zapatos limpios.

Y cuando encuentran algo, cuando con sus propias manos sacan un hueso de la tierra, el gobierno llega tarde, con la cinta amarilla y el boletín, a tomarse la foto del hallazgo que no buscó.

Las madres buscadoras no quieren protagonismo. Quieren dejar de buscar. Pero mientras el gobierno siga haciendo como que busca, ellas tendrán que seguir escarbando la puerta que no se abre, con las uñas si es necesario.