Suman ya 135 mil desaparecidos y todavía les molesta que pregunten

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La cifra no es de la oposición. No es invento de los medios conservadores. Es la cifra oficial de su propio gobierno: 135,048 personas desaparecidas y no localizadas en México.

Ciento treinta y cinco mil rostros. Ciento treinta y cinco mil familias que duermen con un plato vacío en la mesa y una pala en la mano, porque este gobierno indolente les dejó sola la tarea de buscar en fosas clandestinas lo que el Estado se niega a buscar en archivos.

Y lo más grave: seis de cada diez desaparecidos son de su administración. El informe Red Lupa 2026 lo confirma: 58.13% de todos los casos del país ocurrieron entre 2018 y mayo de 2026. Los dos peores años en la historia de México en desapariciones no fueron en la guerra contra el narco. Fueron en la 4T: 2024 con 12,632 casos y 2025 con 12,373. Austeridad también en la búsqueda.

En vez de reconocer la crisis, la esconden. El mes pasado, la Presidenta presentó su informe y no mencionó una sola palabra sobre desaparecidos. Ni una. Como si no existieran. Como si las 234 colectivas de madres buscadoras que hoy se multiplican por todo el país, el triple que en 2019, fueran invisibles.

Les molesta que pregunten. Les molesta que la ONU lo señale como crisis humanitaria. Les molesta que en Ginebra, hace apenas dos días, el Comité contra las Desapariciones Forzadas les haya pedido dejar el negacionismo. Prefieren inventar un “grupo de expertos” para rasurar el padrón y decir que hay 40 mil registros con apodos, en lugar de fortalecer la Comisión Nacional de Búsqueda que ellos mismos desmantelaron.

El Estado de México, Tamaulipas, Jalisco, Michoacán, Nuevo León. Ahí están los focos rojos, pero no hay estrategia, no hay justicia, no hay presupuesto. Solo discursos de “abrazos” mientras las madres son asesinadas: al menos 30 familiares de desaparecidos han sido asesinados desde 2011, 16 de ellas mujeres, según Amnistía Internacional. Buscar en México es una sentencia de muerte.

135 mil desaparecidos y todavía tienen el cinismo de decir que vamos bien. No es una crisis heredada. Es una crisis administrada con indolencia, con indiferencia y con soberbia.